Mi primer contacto con el mundo de los Bomberos fue a través de las campañas de verano, y mi primer destino fue el observatorio forestal de San Cristóbal, donde me incorporé el 1 de Julio de 1990. Allí pasé todo el verano y también el del año siguiente. Entonces en algunos de los observatorios se disponía de un Talkie portátil de grandes dimensiones pero que dotaba al usuario de gran movilidad e independencia frente a las emisoras fijas, pudiéndose realizar paseos y recorridos por los alrededores del observatorio, sin perder por ello, la comunicación con la central.

 

   

A lo largo del día uno se encontraba con bastante gente con la que charlar, pues dada la cercanía a Pamplona había y sigue habiendo todavía muchos habituales, jubilados, deportistas.... gente que rara vez fallaban uno o dos días en todo el año... Algunos nombres se me han olvidado pero recuerdo especialmente a Barandalla, el Paraca, Félix y otros más que se me escapan.... En el verano de 1990 todavía estaban los soldados por allí (siempre había uno de guardia en la garita que me venía a pedir tabaco), que dejarían definitivamente las instalaciones meses después.

 

En uno de esos paseos, durante el mes de Agosto del 91, me acerqué a las puertas del fuerte, y allí, casi en la misma puerta, estaba sentado un señor bastante mayor, con una visera en la cabeza y gafas de sol. Al pasar a su lado le saludé y, como ese día no había hablado con nadie y estaba aburrido me decidí a entablar conversación; la típica en estos casos, que buen día hace, que calor, cosas triviales que después y con más confianza se concretaron algo más. Le comenté que yo era de uno de los pueblecitos que se veían enfrente (de Makirriain) y él me contestó que era de Abaurrea Alta pero que los últimos 40 años los había pasado en Chile, tras HABERSE FUGADO DEL FUERTE DE SAN CRISTÓBAL… ¿?

 

No le hice mucho caso al principio y pensé que lo decía para hacerse el interesante, pero después y por los detalles que daba comprendí que iba en serio. Entré con él dentro del fuerte por uno de los agujeros que existían el la puerta principal y el hombrecito, muy emocionado, me llevó por varias dependencias y citándolas: la capilla, el frontón, el hospital, las celdas, la cocina…, mientras iba explicando lo que hacían aquí y allí, como si todo hubiese ocurrido el día anterior.

 

Su nombre era Felipe Zelay, natural de Abaurrea Alta y me contó que fue encarcelado en el Fuerte de San Cristóbal en 1939 donde estuvo casi cinco años preso, hasta que en septiembre de 1944, junto a Jacinto Otxoa, compañero suyo destinado con él en la cocina, arrancaron un barrote de la ventana y simulándolo después con chocolate, lograron escapar. En apenas un día llegaron a Orbaitzeta, desde donde cruzaron la muga. Desde Francia y con la ayuda de la resistencia, se dirigió a Chile donde empezó de nuevo. Su compañero de fuga, Jacinto Otxoa, (que ya había participado en la legendaria y masiva fuga de mayo de 1938 de trágicas consecuencias) volvió de nuevo a cruzar la frontera para unirse al maquis y fue apresado de nuevo. La historia de Jacinto Otxoa es muy famosa, pues, estuvo casi 25 años en diversos penales de todo el estado.

 

La verdad es que recuerdo que fue bastante emocionante, porque aquel hombre no había estado allí desde entonces, y él solito, había subido andando desde Pamplona. Se había “fugado” prácticamente de casa de sus familiares, como un niño travieso, con sus ochenta y pico a cuestas, por que no había resistido la tentación de volver allí, al lugar que le había marcado para siempre…

 

 

A los pocos días, estando de nuevo en el turno de vigilante, volvimos a encontrarnos. Esta vez no iba solo, le acompañaban su mujer, hijos, sobrinos y demás, a los que había llevado a mostrar lo que ya me había enseñado a mi.

 

Aquella fue la última vez que le vi. Únicamente me encontraba esporádicamente con uno de sus sobrinos, el buen Anastasio, venido de Chile y vecino de Burlada después. Hace apenas unos meses me dijo que su tio Felipe había muerto hacía casi dos años, en Chile, y con 90 y tantos años. Esté donde esté ahora, desde aquí un abrazo para un hombre víctima como otros de la sinrazón de las guerras y cuya curiosa historia hemos querido recoger en estas líneas y que se refleja en unas palabras dichas por él aludiendo a la buena acogida del pueblo chileno en aquellos años: “REALMENTE FUE ALLÍ DONDE NOS TRATARON COMO A PERSONAS”.

 

Felipe Zelay en los años 50,

al comienzo de su exilio

 

Felipe Zelay con su mujer

hace unos 10 años

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Félix Villamarín Villava

con la colaboración de

Anastasio Arrese Zelay