“No siempre el fuego es malo”

         

 

 

El fuego ha sido y sigue siendo un convidado más en muchas  tradiciones y manifestaciones populares de nuestro entorno, no sólo como soporte de una buena comida o cena al aire libre. En forma de llama, hoguera  o brasa, ha servido para prevenir y proteger, para quemar lo malo y sustentar lo bueno, para simbolizar la fiesta y en ocasiones el castigo. Es la parte amable de uno de los cuatro elementos que en los últimos tiempos tiende a ser protagonista sólo por sus efectos devastadores.

        

         En muchas localidades es impensable una fiesta sin una buena fogata, como decimos por aquí, que se saltará o no, pero que presidirá en un lugar  destacado la fiesta. No se imaginan unas fiestas de San Blas, San Antón, Carnaval, Santa Cecilia... sin hoguera; ni qué decir tiene de  las de San Juan, tan extendidas por toda nuestra geografía y tan estudiadas por todos como parte de ritos paganos cristianizados, solsticios, etc.

 

         Ya desde primeros de año en Candelaria, se llevan  las velas a la iglesia. Velas que una vez bendecidas, se encendían en los hogares, de ámbito rural y urbano, en caso de tormenta. Con la vela encendida se rogaba por la vivienda, para que no le entrara el rayo y por las cosechas, para que una intempestiva granizada no las arruinara. También se encendía mientras el parto, para que las cosas fueran bien. No sólo cuando lo habitual era tener los hijos en el domicilio, muchas madres siguen encendiendo la vela bendecida en Candelaria mientras sus hijas les hacen abuelas en un centro hospitalario. Cuando no se habían comercializado las velas en la forma que las conocemos ahora, se encendía este día una gran hoguera en el atrio de la iglesia, como ocurría en los pueblos de Roncal. Las mujeres acudían con teas a la iglesia y volvían a casa con la tea encendida en esta hoguera para prender el fuego del hogar. También las velas bendecidas o que han estado expuestas en el Monumento que se instala en las iglesias el día de Jueves Santo  tenían cierto poder preventivo en Gorraiz respecto al hogar y las tormentas.

 

El fuego también es una forma de quemar lo que  tradicionalmente se ha considerado como malo.  ! A quemar a Judas¡  decían en de Uztárroz. Y el día de Sábado Santo, por la noche, quemaban un gran árbol en el que el pueblo se vengaba de la traición  de Judas reviviendo el misticismo de la Semana Santa después de varios días de Oficios y  sermones. Los Judas, que normalmente terminan mal, se personifican como muñecos, monigotes de trapo que tras ser paseados o zarandeados por las calles terminan en una hoguera en la plaza con el regocijo de los asistentes que representan en esta quema la de sus propios males. Variantes de Judas hay de muchos tipos y no sólo se queman en Semana Santa. Los mayos, árboles o sus troncos, los más altos, que se colocan en lugares visibles en las localidades y que tienen un sentido protector de las cosechas, a veces, como en Murieta  llevan colgados monigotes, personajes que han destacado durante el año por sus pésimas cualidades y al final del mes de mayo se queman junto con el árbol en cuya cúspide se han estado balanceando al menos durante un mes.

        

         Parecido final por no decir el mismo, tiene Mielotxin, uno de los protagonistas del Carnaval de Lanz aunque no haya estado en lo alto de un mayo. El ladrón es paseado por los mozos y termina en una hoguera el martes de Carnaval, alrededor de la cual se baila el zortziko. Muchas localidades que han recuperado su Carnaval  tradicional siguen el mismo esquema:  Se indaga para buscar un bandido que merodeara por la zona y luego fiesta tras el ajusticiamiento. El fuego esta vez nos señala lo que podemos esperar si no nos atenemos a las leyes.

 

         Dentro de su efecto protector, hasta los rescoldos y las cenizas que han quedado del fuego, tienen esta capacidad. Las hogueras que se encendían la víspera de San Antón, en enero,  se desperdigaban por los campos de Tierra Estella para asegurar la cosecha. Como tantas otras cosas, se consideraban bendecidas. San Antón es el patrón de los animales y se encargaban también de que la relación de éstos con el fuego no fuera exclusivamente gastronómica: también les protegía. Por citar algún ejemplo, en Muru-Astrain, de la cuenca de Pamplona, se guardaba para San Antón una parte sin quemar del Tronco de Navidad, el más grande, el que el día de Noche Buena habían dedicado a Dios. Con este tronco cuyo extremo era brasa, se recorrían los rincones de la cuadra y así, con este humo quedaban bendecidos los animales. En otras ocasiones se guardaba hasta el día de San Antón y se volvía a encender en la puerta del gallinero o cuadra, como hacían en Legarda, también en las estribaciones del Perdón.  Los animales salían, pasaban  por el humo que desprendía el tronco y así quedaban protegidos.

 

         Esta relación de los animales con el fuego no siempre era tan placentera, como ya se ha comentado. Además de poder terminar en forma de costilla a la brasa, en los costillares precisamente marcaban con un hierro que había estado al fuego a los perros para librarles de la rabia, lo que se llamaba rismar, siendo conocidas las rismas de San Jorge o Santa Quiteria, abogados contra la rabia.

 

 

         Siguiendo con las personas, el protagonismo de las hogueras de San Juan es conocido y extendido. La noche de San Juan es una fiesta ante todo alegre, llega el verano, es la noche más corta del año, se celebraban akelarres, bailamos el trébole... y en definitiva nos divertimos saltando la hoguera. Además es de las tradiciones que más se han mantenido y mejor se han recuperado, ya que no exige una coreografía o puesta en escena complicada, aunque en ocasiones haya que solicitarse autorización por el tamaño de las hogueras. Siempre han tenido un sentido mágico y también curativo:  !Sarna fuera¡ se gritaba en el Valle de Arce antes al saltar y así quedaba uno liberado de este mal o prevenía su contagio.

 

         Si grandes son las hogueras de este veintitrés de junio, no lo son menos las que se encienden la víspera de San Blas en varias localidades riberas. El ritual de bendición de alimentos y las simpáticas colas de los vecinos para recibir el rosco bendecido en Milagro y Ribaforada,, van parejos a la gran hoguera que se enciende en la plaza o cerca de la iglesia. Es el lugar de reunión y de referencia para la fiesta.

 

         Las cenizas procedentes de quemar ( de nuevo el fuego)  los olivos del Domingo de Ramos nos evocan con un punto de crudeza nuestro final, cuando el sacerdote nos impone la ceniza al comenzar la Cuaresma y nos recuerda: "Polvo eres y en polvo te convertirás" un punto de reflexión en esta vorágine que nos ha tocado vivir.

 

         Fuego y agua son dos elementos muy unidos, también en las fiestas tradicionales, pero con el protagonismo del fuego como invitado de  honor de muchas de ellas, recuperamos al menos momentáneamente su efecto beneficioso para personas, animales y bienes, dejando el del agua para otra ocasión.