Trebakuntza. Hitz honek, dioen baino askoz gehiago esan beharko liguke.

 

            Zorionez, ez dira egunero zoritxar handiak gertatzen; baina gertatu, gertatzen dira. Beraz, prest egon behar gara beti, badaezpada ere. Eta prest egon ahal izateko, trebakuntza ezinbestekoa dela sinetsi egin behar dugu, bai eta gure nagusiei sinestarazi. Baina, trebakuntza ez da ikastaro batera joat, zerbait ikasi eta ahaztu dadila itxoitea. Edo behintzat, ez litzateke horrela izan beharko. Eguneroko gaia izan behar da, gure lana seguru eta ezin hobeki egin ahal izateko. Beraz, ekin behar diogu ahalik eta laisterren, ahalik eta sakonen, ahalik eta...

 

La mayoría de los diccionarios definen al bombero como “ miembro de un cuerpo destinado a apagar incendios” o como “aquél que tiene por oficio trabajar con bombas hidráulicas”. Hay otra más curiosa que dice textualmente: “ LOC.- idea de ........Proyecto irrazonable y descabellado”.

            Si las analizamos una a una, veremos que las tres tienen sentido.

            En cuanto a la primera, el bombero, en sus orígenes, fue ciertamente eso. Nada más y nada menos.

            La segunda, aunque escueta, es la que en definitiva nos da nombre.

            Y la tercera, al margen del contenido peyorativo, viene a decir, aunque el que lo dice no lo sepa, que los bomberos nos vemos embarcados en “proyectos” de los que el resto de los mortales, generalmente huyen.

Pero nosotros sabemos que no sólo apagamos fuegos, que no sólo manejamos bombas hidráulicas, y, sobre todo, que lo que a los profanos puede parecer una idea descabellada, en el fondo obedece a un plan de acción preconcebido y calculado, aunque eso sí, en unos pocos segundos.

 

            La constante evolución que experimenta nuestra sociedad, a todos los niveles, incide de forma directa en la concepción de lo que debe ser un Servicio Público. En nuestro caso, ese Servicio Público se enmarca en el campo de la EMERGENCIA, en toda su extensión. Las nuevas exigencias sociales, concebidas para mejorar nuestra calidad de vida, paralelamente generan riesgos que hacen que las demandas para las que somos requeridos se diversifiquen, tanto en calidad como en cantidad.

 

 

Las nuevas exigencias sociales, concebidas para mejorar nuestra calidad de vida, paralelamente generan riesgos que hacen que las demandas para las que somos requeridos se diversifiquen, tanto en calidad como en cantidad.

 

 

Esto nos obliga a la renovación continua, a la asunción de nuevos métodos y técnicas de trabajo, al manejo de equipamientos y herramientas acordes con las nuevas situaciones a las que nos vemos obligados a enfrentarnos, y a la adquisición de conocimientos sobre un cada vez más amplio abanico de materias y tecnologías relacionadas directamente con nuestra actividad.

 

            Esa evolución, ese aumento de demandas, han hecho que  a través de los tiempos, el bombero, que empezó apagando incendios, sin más, de repente tuviera que apagarlos hacia arriba porque las edificaciones iban creciendo en altura. En otro momento tuvo que dedicarse a achicar agua, a apuntalar muros, a sanear nidos de cigüeñas, a enfrentarse al riesgo eléctrico, a rescatar personas de ascensores, a asegurar árboles golpeados por el viento, a excarcelar cuerpos destrozados del interior de los coches, a rastrear ríos, a estabilizar adecuadamente a  personas politraumatizadas, a.... en fin, a un largo etcétera que seguro que a cada uno de vosotros os habilitaría para llenar varios folios.

            Esa multifuncionalidad progresiva e imparable nos obliga a saber de casi todo, sin llegar a ser especialistas en casi nada, abocándonos a la permanente sensación de tener siempre alguna asignatura pendiente en nuestra formación profesional.

Pues bien, actualmente una de las asignaturas pendientes más importante, si no la que más, en los Cuerpos de Bomberos, es el Riesgo Químico. ¿ Por qué?. Según datos oficiales correspondientes a 1991, existen registradas cinco millones de moléculas químicas. El Sector Químico Industrial sintetiza, al año, 1.000 moléculas nuevas. De esta cantidad de productos, aproximadamente 50.000 se utilizan en el mercado, y 500 se comercializan en cantidades superiores a las 50.000 Tm/año. Pero además, con todos estos productos se manufacturan otros destinados a diversos fines.

            El número de productos químicos que se fabrican y transportan a granel en España se sitúa en torno a los 200, arrojando, sólo en el transporte por carretera, las siguientes cifras:

 

-          Combustibles líquidos y gases licuados:

·          60 millones  Tm/año

·          2.500 millones  Tm/Km.

-          Productos químicos diversos:

·          14 millones  Tm/año

·          3.900 millones Tm/Km.

-          TOTAL:

 

·          74 millones  Tm/año

·          6.400 millones  Tm/Km.

        

Si partiendo de estas cifras, combinamos los riesgos específicos de cada uno de estos productos (explosividad, inflamabilidad, toxicidad o corrosividad), con su estado físico ( sólido, líquido o gaseoso), con sus características físico-químicas ( densidad, solubilidad, presión de vapor, etc.), con su temperatura de transporte, su inestabilidad, su posibilidad de descomposición, etc., el riesgo potencial de siniestralidad, a pesar de las estrictas medidas de seguridad en este campo, es apabullante.

 

            Puede parecer, si embargo, que estos valores no se correspondan con el número de intervenciones donde haya implicadas mercancías peligrosas. Pero el caso es que están ahí, y tarde o temprano se producirá la emergencia. Si cuando esto ocurra, aunque sea de pascuas a ramos, estamos en condiciones técnicas de combatirla para salvaguardar la seguridad de los ciudadanos, o la nuestra, o minimizar los daños al medio ambiente, estará plenamente justificado el esfuerzo hecho por los organismos correspondientes y por los propios trabajadores en la formación al respecto. Pero la formación no debe reducirse a la adquisición PUNTUAL de conocimientos nuevos sobre un tema determinado. Esto, aparte de lo que pueda tener de novedoso, o de vía para la consecución de un diploma, no sirve de mucho más si no tiene continuidad en el tiempo.

 

 

La formación no debe reducirse a la adquisición PUNTUAL de conocimientos nuevos sobre un tema determinado. Esto, aparte de lo que pueda tener de novedoso, o de vía para la consecución de un diploma, no sirve de mucho más si no tiene continuidad en el tiempo.

           

 

No descubro nada nuevo si digo que los bomberos tenemos un horario laboral un tanto atípico. Probablemente, por razones operativas, tiene que ser así. Está asumido. Pero lo cierto es que un bombero cualquiera, de un parque cualquiera, en una guardia cualquiera, a lo mejor no sale. Sencillamente porque ese día no hay salidas. Puede ocurrir, ¿o no?.

En su siguiente guardia se produce un incendio en un cuarto piso, pero él está asignado al coche de rescate en accidentes de circulación. Quizás en la siguiente, su cuadrante personal le obliga a estar de telefonista. La conclusión es que cualquiera de nosotros puede estar más tiempo del deseable sin participar en una intervención real de cierta importancia. Este trabajo es así, y como decía antes, se tiene que asumir. Pero si esa falta de continuidad en la acción no la suplimos con algo, la pendiente hacia la desprofesionalización será cada vez más grande. Y ese “algo” no es otra cosa que la formación. Y especialmente la formación continua. Una vez adquiridos los conocimientos, en este caso sobre Riesgo Químico, debemos consolidarlos y mantenerlos actualizados. Tenemos la obligación moral de rentabilizar, desde el punto de vista formativo, nuestras horas de guardia, y el derecho real de exigir a los responsables que pongan a nuestro alcance los medios necesarios para ello.

 

            Esto significa que la responsabilidad es compartida. Pero de los gestores públicos no podemos esperar mucho en este sentido. Nuestra concienciación, nuestra sensibilización, nuestra reivindicación, nuestra lucha, en definitiva, por que la formación  sea parte activa de nuestra vida profesional, debe ser EL PUNTO DE PARTIDA. De no ser así, todos los esfuerzos habrán sido en vano.

 

 

 

                                                                       Miguel A. Aguilar.

                                                                       Suboficial del Cuerpo de Bomberos

                                                                       de la Comunidad de Madrid.