La lejana Alaska, que en 1867 pasó de ser propiedad del zar Alejandro II a formar parte de los Estados Unidos, destaca en nuestra mente por la nieve y el frío, con glaciares gigantes y montañas que superan los 6000 metros.

 

En este grandioso territorio, justo en el Parque Nacional de Denali, se encuentra el mítico McKinley (o “Denali”, nombre original que le dan los indios), la montaña más alta de Norteamérica.

 

Y ése era el objetivo. Aunque la climatología adversa, el intento de cumbre se convirtió en una dura e intensa experiencia.

 

El Denali es una montaña única. Está situada a 63° de latitud Norte y es la montaña más alta en las cercanías del Círculo Artico. Incrustado en la meseta central de Alaska, aguanta las tormentas provenientes del Golfo de Alaska y del Mar de Bering. En pocos lugares de la tierra el tiempo cambia con tanta rapidez y las temperaturas llegan a ser tan extremas.

 

Una vez más, todo se pone en marcha. Me complace Comprobar que todos estos meses de preparación no han sido en balde. Salimos de Madrid el 23 de Mayo y el 24 llegamos a Anchorage, la ciudad más importante de Alaska. Allí pasaremos la noche en un albergue y realizaremos las últimas Compras antes de dirigirnos definitivamente hacia la montaña.

 

El día 25 salimos hacia Talketna, un pequeño pueblo minero situado junto al Parque Nacional de Denali, en donde cogeremos una avioneta que nos dejará en el Glaciar de Kahi1na, a unos 40 km de la cima de la montaña.

 

Tenemos que realizar la visita de rigor a los Rangers, en la cual nos intentan explicar los riesgos y peligros de la ascensión que queremos realizar. Con suerte, sólo esperamos un día entero para poder coger la avioneta que nos dejará en el glaciar. Sobrevolamos la tundra hinchada en agua y bosques espesos, que nos hacen volar la imaginación sobre los  pioneros de estas tierras salvajes. Es una pena pero no podemos ver el McKinley  ya que las nubes que lo cubren nos lo impiden.

 

Decidimos pasar a pimera noche en el lugar donde aterrizamos, a 2.190 m. Tenemos que recoer el combustible y preparar los trineos a los que tendremos que acostumbrarnos rápidamente. Llevaremos en los trineos entre 18-28 kg y en la mochila entre 10-19 kg.

El 27 de mayo por fin primer día de actividad. La temperatura en estos momentos se puede considerar agradable, 2 ó 3 ° C bajo cero. Los primeros pasos arrastrando los trineos y calzando las raquetas 2 se nos hacen duros ya que los primeros kilómetros suponen bajar una fuerte pendiente y en vez de arrastrar los trineos, son éstos los que nos arrastran a nosotros.

 

 

En el camino ya de ascenso por el glaciar nos cruzamos con una persona solitaria de Anchorage (Que ha estado 13 días en el monte 1 y no ha podido pasar de los 3.300 m por culpa de los fuertes vientos y de las intensas nevadas. Por lo visto este año el efecto de «El Niño» afecta también a Alaska.

 

Llegamos por fin al lugar en donde plantaremos el siguiente campo a 2.400 m. El sitio es tan bueno como cualquier otro: hacer una plataforma en la nieve y un muro para contener la fuerza del viento se convertirá en algo cotidiano durante el resto de los días.

 

Al día siguiente nos levantamos a las 9 h., no hay prisa, aquí hay luz las 24 h. del día. En este glaciar los cambios de temperatura pueden ser increíbles; cuando sale el sol tienes la sensación de estar en un horno, pero en cuanto se oculta detrás de una nube o un monte, pasas directamente al congelador. Este día llegamos a 2.950 m, en unas cinco horas de marcha, con un día maravilloso.

 

Cada día repetimos los movimientos mecánicos para recoger el campamento; días como los que tenemos nos hacen disfrutar de un lugar tan maravilloso como éste. Mejor no pensar en días futuros e ir disfrutando el momento. Estamos instalados en un balcón majestuoso a 3.390 m, con unas vistas increíbles sobre el glaciar que hemos recorrido; ahora nos queda el trabajo más duro, el que es propiamente la ascensión ala montaña. En este campamento dejaremos los trineos, raquetas y el material necesario para el regreso. Mañana debemos superar 1.000 m de desnivel hasta el Medical Camp (campo base) y cruzar el famoso Windy Comer, un collado muy expuesto a fuertes vientos.

 

El día 30 el tiempo es horrible; mucho viento y nieve. No me atrevo a que salga mi compañera en estas condiciones, pero me fastidia perder un día sin hacer nada, así que salgo solo para realizar un porteo al Medical Camp y así poder inspeccionar el camino que nos espera. En 2,30 horas me planté en el Medical Camp, lo cual indica que estoy más fuerte de lo que creía, ya que nos habían dicho que me costaría unas 5 horas. Allí dejo bien enterrado el porteo y bajo.

 

Con el tiempo todavía un poco inestable, al día siguiente salimos definitivamente hacia el Medical Camp; es un día bastante duro ya que llevamos mucho peso en la mochila. Nos encontramos con un grupo de valencianos que bajan (sin hacer cima) y la verdad es que nos dan pocos ánimos, pues vuelven todos con congelaciones.

 

El Medical Camp es el campo base de la montaña; aquí hay instalados permanentemente un grupo de Rangers y un médico; es como un pueblo en miniatura, en el cual te puedes encontrar con gente de cualquier parte del mundo. Me doy cuenta de que somos de los pocos que no vamos con una expedición comercial y sin patrocinadores.

 

El primero de junio sale un día horrible, sólo salimos de la tienda para palear nieve y para derretir agua. En esta montaña es imposible predecir el tiempo, puede cambiar en cuestión de minutos.

 

Hoy, día 2, toca portear de 4.200 m hasta 5.100 m parte del material y comida. Es un trabajo costoso y bastante pesado. Supuestamente es el día técnico, en el que además de subir por unas cuerdas fijas en un tramo de hielo de 55º, tenemos que atravesar una fina arista, no muy difícil, pero en la que no te puedes despistar, hasta alcanzar el último campo, donde dejaremos el porteo.

 

 Subiendo las cuerdas fijas hacia el campo 5.300 m.

 Ya sin trineos hacia el Medical Camp (4.300 m.)

 

En el momento de llegar hasta las cuerdas fijas, advertimos con cierta pena, que a estos montes, también vienen muchos domingueros e inconscientes.

 

Hoy, la rapidez con la que hemos llegado hasta aquí y la altura, nos pasan factura y después de enterrar el porteo y señalizarlo, bajamos rápidamente al Campo Base a dormir.

 

Al día siguiente el mal tiempo nos acompaña y nos permite descansar en el Campo Base para conseguir una mejor aclimatación. El día 4, recogemos todo el equipo y volvemos a subir con más fuerzas y ganas hasta el último campo (5.400 m) .Hace un tiempo espléndido, azul, precioso; la vista desde arriba es impresionante, sobre un manto de nieve que cubre el glaciar se alzan los montes, dando al paisaje un toque sobrecogedor, grandioso, de paz... Hoy es día de cima.

 

Pero todo nuestro gozo se trunca por la noche cuando comienza una tormenta fortísima. Decidimos ser prudentes, ya que queremos seguir subiendo otros montes por el mundo; estudio la situación, miro la tienda nueva, que amenaza con romperse o volarse, le miro las manos a mi compañera recordando que necesita los diez dedos enteros para trabajar, así que con cabreo y resignación decidimos bajar. El pronostico que nos dan es de una borrasca aún peor, más fría y con más viento, así que aguantamos como podemos dentro de la tienda, sujetando el material, paleando la nieve, subiendo el parapeto que nos protege, hasta que a las 6 h. de la mañana, en un momento de «cierta» calma recogemos todo y junto con otros dos grupos de «sensatos» bajamos.

 

La arista de bajada se hace peligrosísima porque la tormenta de nieve no deja ver a más de un metro, se congelan las gafas, el viento te tira al suelo y el frío te deja congelada hasta el alma. Luego nos enteraríamos de que detrás de nosotros un guía americano se cayó y murió intentando ayudar a su cliente. Los pocos que se arriesgaron a quedarse en el campo de altura estuvieron incomunicados 5 días, sin poder moverse ni para arriba ni para abajo; no quiero ni pensar lo que tuvieron que pasar.

 

Ahora ya sólo nos queda lo fácil,  recoger todo lo que hemos ido dejando en los diferentes campos durante el camino y bajar 2.000 m para coger la avioneta que nos llevará a Talketna de vuelta. Estamos cansados pero confiados en que la bajada va a ser rápida; pero de nuevo la climatología se vuelve en contra nuestra. Llegamos, no sin mucha dificultad, hasta el glaciar, pero cruzar los 35 km de largo de éste, nos cuesta dos interminables días, en los que una ventisca de nieve y una espesa niebla no deja ver ni las grietas, ni a tu compañero de cordada.

 

Al final llegamos exhaustos al campo donde debemos coger la avioneta, pero el mal tiempo ha hecho que se haya acumulado mucha gente que va de regreso, así que debemos estar otros dos días, casi sin comida y ya un poco hartos, esperando a que nos llegue el turno y mejore el tiempo. Por fin a las 11 de la noche del día 8, despeja y tomamos la avioneta; sobrevolamos el glaciar y de repente, detrás, aparece el McKinley, majestuoso, diáfano, silencioso, grandioso, como si hubiese salido a despedirse, e incluso a reírse de nosotros, retándonos a volver. ..

 

El respeto que se le debe tener al monte es primordial. Es muy difícil tomar la decisión de abandonar el intento, que tantos meses llevas preparando y con tanta ilusión, pero creo que no merece la pena jugártela, cuando te quedan tantos montes por subir todavía. Cuando un monte no quiere que subas, hay que respetarlo. En el monte la preparación física y técnica es un factor muy importante, pero sobre todo, estamos totalmente en manos de la naturaleza y la climatología.